Entrevista al filólogo sueco, Gelmuth Sorensen, premio Nobel de literatura en 1981. En su visita fugaz a la Argentina, una entrevista exclusiva con La Maquinola Tresarroyense.
Son las 7:35 y el Hotel Paris reluce en sus veredas una pulcritud mínima, pero decente. Sorensen sale; parece haber descansado poco. En una confitería de la calle Colón, “Surmenage”, nos indican que no se puede fumar adentro. Sorensen me invita a irnos a las mesas de afuera. Mi primera pregunta aparece en este acto, sin embargo prefiero seguir el protocolo que me impuse: “qué es la libertad, Gelmuth?”, disparo. Sorensen se oculta un rato en una nube densa de humo verduzco; menos mal que no nos permitieron fumar adentro, pienso. Luego de unos segundos interminables, Sorensen responde: es fácil definir un concepto abstracto de algo concreto, pero no es fácil traducirlo a algo más palpable y ejemplificador. ¿Es la libertad, acaso, como muchos han dicho, “lo más preciado, la esencia, la utopía de la especie humana”? ¿O es tan sólo el nombre de una avenida, de una calle, de una cantante de tangos? A mis años- reflexiona- le podría contestar con más preguntas, como lo hice, sin embargo le diré que no es ninguna de esas dos ideas. Es más bien un mero capricho, uno muy peligroso…” Creo adivinar en su gesto una suerte de amenaza (acaso debí advertirlo con más prudencia en ese instante…)
“La segunda pregunta se refiere, quizás, al grado de concreción, a lo concreto de esta libertad de la que hablamos…recién, hace unos momentos nos echaron de adentro de este bar; noté que usted no se molestó en absoluto por seguir la norma. ¿Acaso las “normas”; las convenciones, el sentido común, son ampliatorias o disminuyen el caudal de libertad en las sociedades?”
“La libertad es, ante todo, negociable. Uno decide hasta dónde, otros deciden a quién. Es decir: el responsable de este minúsculo bar, en este minúsculo día, tiene para sí una responsabilidad mayúscula, cual es el de cuidar a su clientela. En cambio a mí no me detiene nada…” (Nuevamente noto un brillo en su mirada que me provoca un escalofrío…) Ahora bien- prosigue- pudiéndose negar a atendernos, que es lo que haría un hombre con pelotas, ¿así se dice verdad?, en cambio nos invita a cagarnos de frio, ¿así se dice?, a esta suerte de carpa de gitanos pero sin onda, ¿se dice así? Es decir que nos da a elegir entre retirarnos o ir, ya no a la mesa que nosotros libremente elegimos, sino afuera, que es adonde él eligió. Y uno se enfrente a la negociación, creyendo que ejerce una libertad, mínima, pero libertad al fin. ¿Y qué gana uno con eso? Que el tipo obtenga un poder sobre todos los demás; porque todos vieron esa situación, y al callar, al no quejarse, la avalan. Uno a uno, todos ellos”- los señala con ostentación; ya su mirada es temeraria- “¡permiten que el dueño del circo alimente a los monos!” En este punto le solicito que no grite. Él me da una trompada que por suerte le esquivo. Su manotazo fallido le hace perder el equilibrio y los estribos, comienza una verdadera trifulca con el policía de la esquina que trata de calmarlo. Sorensen reniega entre dientes e intenta retirarle la 9 mm al agente del orden, pero él es más veloz y en cuestión de segundos, veo a Gelmuth Sorensen, el filólogo sueco, premio Nobel de literatura, acostado en el suelo, boca abajo con la rodilla del agente sobre sus espaldas, teniéndolo del cuello con una mano, mientras, con la otra, llama desde su Handy a una patrulla.
Ya en la comisaría tuve que declarar debido a una denuncia del dueño de la confitería. Sin embargo, Sorensen salió al rato. Se lo veía más tranquilo. Me dijo que llamó a la embajada de su país y que le aseguraron que le conseguirían la libertad a cambio de que escribiera un libro en contra de los gobiernos libertarios de sud América, y que había aceptado. “Se lo dije, amigo mío- me dijo con una sonrisa socarrona-: la libertad es, ante todo, negociable”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario